Desde su debut en Juegos Olímpicos de Invierno de Chamonix 1924, la cita
invernal del olimpismo ha generado historias tan sorprendentes como decisivas
para la evolución del deporte. Pistas improvisadas, atletas pioneros, récords
inimaginables y momentos dramáticos han ido forjando una competición que hoy
moviliza a millones de espectadores en todo el planeta.
A lo largo de 25 ediciones, el frío extremo, la tecnología cambiante y la
presión competitiva han creado un caldo de cultivo perfecto para la épica.
Estas son algunas de las anécdotas más llamativas que explican por qué los
Juegos de Invierno ocupan un lugar especial dentro de la historia olímpica.
Los orígenes: romanticismo alpino y medios rudimentarios
La primera edición oficial nació casi por accidente y con un aire más cercano a la aventura que al gran acontecimiento deportivo actual. Presentada inicialmente como una “Semana Internacional de Deportes de Invierno” dentro del programa olímpico de París, solo más tarde recibiría el reconocimiento pleno como Juegos Olímpicos. Hasta allí llegaron 258 deportistas de 16 países, muchos tras interminables travesías en tren a través de los Alpes, cargados con equipamiento básico y una dosis considerable de entusiasmo pionero.
Las competiciones se desarrollaron en escenarios austeros, con pistas trazadas sobre la nieve natural y sin cronometraje electrónico que garantizara precisión milimétrica. El público se agolpaba a pie de recorrido, mientras el frío, la niebla o las nevadas decidían horarios y resultados con autoridad absoluta. Era un deporte todavía salvaje, sometido a la montaña, donde el espectáculo dependía tanto del talento humano como del capricho del clima.
Esquís de madera y ropa de lana: así competían los pioneros
En varias ediciones tempranas, los atletas descendían por las montañas con esquís de madera maciza, fabricados a mano y sin cantos metálicos. Las fijaciones apenas sujetaban las botas, y las caídas eran frecuentes.
En fondo y combinada nórdica, muchos deportistas vestían suéteres gruesos de lana, pantalones acolchados y gorros tejidos, muy lejos de los actuales trajes aerodinámicos. La lana tenía una ventaja: aislaba del frío extremo. El inconveniente era evidente cuando se empapaba de nieve y sudor, aumentando el peso y la resistencia al viento. Aun así, aquellos pioneros lograron marcas que hoy siguen despertando admiración por el contexto en que se produjeron.
Con el paso de las décadas llegaron los laminados sintéticos, los cascos obligatorios en disciplinas de velocidad, los esquís parabólicos y la microfibra térmica
Cuando la nieve no aparece: logística al límite
Una de las historias más citadas de la organización olímpica ocurrió en Austria. La falta de precipitaciones obligó a trasladar toneladas de nieve y bloques de hielo desde cotas más altas para garantizar las competiciones de esquí alpino y trineo. Camiones militares y voluntarios trabajaron día y noche para salvar el programa.
Curiosamente, Innsbruck volvería a ser protagonista años después, confirmando su estatus como una de las capitales históricas del olimpismo invernal.
Héroes improbables y momentos que robaron titulares
Durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary 1988, el saltador británico Eddie “the Eagle” terminó último en ambas pruebas. Sin embargo, su carisma, sus gafas enormes y su historia de autofinanciación lo convirtieron en la gran estrella mediática. Representó el espíritu amateur llevado al extremo y provocó cambios posteriores en los criterios de clasificación.
En los Juegos Olímpicos de Invierno de Sarajevo 1984, la pareja británica Torvill y Dean obtuvo una lluvia de dieces al patinar con el “Bolero” de Ravel. Ajustaron la coreografía para cumplir el tiempo mínimo reglamentario y aprovechar la intensidad musical, logrando una actuación considerada aún hoy una de las mejores de la historia del patinaje artístico.
Lujo exprés y memes globales: cuando la obra fue casi tan famosa como el deporte
La edición celebrada en los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014 pasó a la historia por su escala descomunal. Durante años fue considerada la más cara jamás organizada, con complejos deportivos levantados desde cero entre la costa del mar Negro y las montañas del Cáucaso. Sin embargo, el impacto mediático no se limitó a las competiciones: en redes sociales comenzaron a circular fotografías de hoteles inacabados, baños improvisados o ascensores aún en obras a escasos días de la inauguración. Aquellas imágenes se volvieron virales y convivieron con la exhibición de estadios futuristas, pistas de esquí ultramodernas y un despliegue de seguridad sin precedentes, creando un contraste que definió la narrativa pública de aquellos Juegos.
Drones en el cielo y robots en las gradas: la Olimpiada más futurista
Cuatro años después, el foco se desplazó desde la magnitud económica hacia la innovación con los Juegos Olímpicos de Invierno de PyeongChang 2018. La ceremonia inaugural sorprendió al mundo con cientos de drones coordinados que dibujaron figuras olímpicas sobre el estadio nocturno, una coreografía tecnológica que simbolizaba la entrada definitiva del espectáculo digital en el olimpismo invernal. En las sedes, robots diseñados para informar al público, portar banderas o guiar a los visitantes se convirtieron en una de las curiosidades más fotografiadas del evento. A ello se sumaron retransmisiones en ultra alta definición que marcaron un antes y un después en la experiencia televisiva, reforzando la sensación de que estos Juegos miraban abiertamente hacia el futuro.
Competir sobre nieve creada por máquinas: el gran debate climático
La conversación cambió de tono con los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín 2022, disputados en una región de clima seco donde prácticamente todas las pruebas dependieron de nieve artificial. Fue la primera vez que unos Juegos de Invierno se celebraron casi por completo bajo estas condiciones, un hito técnico que también despertó preocupación internacional. El consumo de agua, la energía necesaria para mantener las pistas y la sostenibilidad a largo plazo del modelo situaron el impacto ambiental en el centro del debate olímpico. Más allá de los récords deportivos, Pekín quedó asociada a una pregunta incómoda pero inevitable: cómo seguir celebrando competiciones de invierno en un mundo cada vez más afectado por el calentamiento global.
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