Existe un rincón sumamente cruel en la Copa del Mundo, un purgatorio futbolístico que nadie quiere conocer: el partido por el tercer puesto. Es el duelo de los vencidos, una cita donde se ven las caras las dos selecciones que se quedaron a solo un paso del paraíso.
Jugarlo es un suplicio psicológico. Los futbolistas saltan al campo con las piernas cansadas y la cabeza dando vueltas, reviviendo una y otra vez ese gol que no fue, ese error que los dejó fuera de la gran final. Para Francia e Inglaterra, asimilar que ya no pelean por la copa sino por una medalla de bronce es un trago amargo y sumamente doloroso de pasar.
Sin embargo, este partido encierra una hermosa circunstancia. Al no tener la asfixiante presión de ganar el título, los esquemas tácticos se rompen por completo. Los técnicos rotan, los jugadores se sueltan y el miedo al error desaparece. El resultado suele ser un espectáculo fascinante para el espectador neutral, lleno de goles, juego fluido y pura diversión.
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La historia nos respalda. En Sudáfrica 2010, Alemania y Uruguay nos regalaron un vibrante 3-2 bajo la lluvia, un ida y vuelta electrizante. Si viajamos más atrás, en Suecia 1958, la misma Francia destrozó 6-3 a Alemania Occidental en un festival ofensivo donde Just Fontaine firmó cuatro goles para sellar su récord histórico. Incluso Inglaterra ya sabe lo que es esto: en Rusia 2018 cayó 2-0 ante Bélgica en un partido abierto y lleno de llegadas.
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Para este fin de semana, sacudirse el polvo y ponerse de pie será una tarea titánica para franceses e ingleses. Los «Bleus» de Mbappé deberán encontrar motivación donde solo hay decepción, mientras que los «Tres Leones» de Bellingham tendrán que apelar al orgullo de su camiseta para no despedirse con las manos vacías.
No jugarán por la gloria eterna, pero sí por algo mucho más humano: por el aplauso final de su gente, por la caricia al orgullo herido y por recordarnos que, incluso en la más profunda tristeza de la derrota, el fútbol siempre merece ser jugado con el alma.
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