Hace unas semanas, La Hora visitó Casa Intermedia, un centro para adolescentes privados de libertad administrado por la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia (SBS). Allí conversamos con “A”, un joven que cumple una condena y que, después de pasar por otros centros, asegura haber cambiado la forma en que piensa sobre su futuro.
Cuando ingresó por primera vez a un centro para adolescentes, “A” tenía una idea distinta de lo que quería hacer al recuperar su libertad. “Lo único que quería hacer era salir para hacer daño” y “hacer cosas malas”, recuerda.
Su historia comenzó alrededor de los 15 años, cuando, según relata, las amistades que lo rodeaban lo llevaron a involucrarse en la extorsión. Las ganas de conseguir dinero fácil lo llevaron a intentar cometer uno de estos actos junto con otros jóvenes, pero estos se retiraron antes de que se concretara el hecho.
La policía lo capturó cuando se dirigía a recoger el dinero que las víctimas entregarían. «Me tendieron una trampa, por decirlo así», afirma.
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A partir de ese momento comenzó su recorrido por distintos centros de privación de libertad para adolescentes. Primero permaneció alrededor de dos meses mientras se desarrollaba la investigación y el juicio. Después fue trasladado a Gaviotas, donde tuvo problemas con otros jóvenes, y llegó a sentirse en riesgo por los conflictos dentro del centro.
Su comportamiento comenzó a cambiar después de otro traslado, ahora al CER-1. El trabajo con sus compañeros, los agentes de vigilancia y las trabajadoras sociales le permitió mejorar la convivencia y, posteriormente, llegar a Casa Intermedia. Para el momento de la entrevista, llevaba unos tres meses en este lugar.
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UN ESPACIO DISTINTO
Cuenta «A» que el cambio fue evidente desde los primeros días en el nuevo lugar.
Casa Intermedia funciona bajo un régimen semiabierto y recibe a adolescentes que han demostrado compromiso con su proceso de reinserción y con la mejora de su conducta. “Acá estamos todo el día afuera, no nos tienen encerrados”, explica.
A diferencia de los espacios donde permaneció antes, en Casa Intermedia los jóvenes no duermen en celdas, sino en dormitorios conjuntos. También tienen acceso a clases, talleres y espacios al aire libre para convivir con otros compañeros.
El chico continúa con sus estudios de Bachillerato y participa en talleres. Se ha capacitado en repostería, panadería y cocina, y ya obtuvo una certificación como chef. También juega pelota con otros jóvenes.
Pero hay otro acompañamiento que él identifica como importante: el de las trabajadoras sociales. Cuando se sienten mal o desanimados, pueden acudir a ellas para recibir orientación sobre qué hacer, cómo prepararse para la vida después de salir del centro y cómo alejarse de la delincuencia. También reciben apoyo emocional y acompañamiento espiritual.
Ese acompañamiento, junto con los talleres, las capacitaciones y el apoyo psicológico, es parte de lo que “A” identifica como las causas del cambio en su forma de pensar.
Ahora dice que su objetivo ya no es regresar a la delincuencia. Su siguiente meta es comenzar a estudiar para convertirse en enfermero. También contempla trabajar en panadería mientras continúa sus estudios.
APRENDÍ A PENSAR ANTES DE ACTUAR
Para “A”, permanecer privado de libertad ha sido una experiencia difícil. Describe la reclusión como “bien fea” y recuerda que pasar día y noche encerrado en un cuarto junto a otros cinco o seis compañeros era algo que consideraba insoportable. Sus momentos de respiro eran cuando podía salir media hora a la cancha o asistir a estudiar.
Por eso, valora las condiciones que encontró en Casa Intermedia y las oportunidades que obtuvo después de mostrar una buena conducta. El proceso, asegura, también le permitió comenzar a pensar en un proyecto de vida para cuando recupere su libertad.
El cambio que más reconoce está en su manera de reaccionar. Antes, cuenta, respondía con golpes y tenía una actitud agresiva cuando alguien lo molestaba. No pensaba antes de actuar y, en ocasiones, hacía las cosas únicamente por diversión.
Ahora asegura que ha aprendido a controlar sus impulsos y a considerar las consecuencias de sus acciones. Se describe como una persona más tranquila y considera que recibió herramientas para desligarse de los círculos de delincuencia con los que se relacionaba.
Pero la experiencia de “A” ocurre dentro de un sistema penitenciario en el que la atención psicológica enfrenta sus propias dificultades.
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LA SALUD MENTAL PARA LA REINSERCIÓN
La investigadora del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN), Corine Dedik, explicó a La Hora que la ansiedad es uno de los principales problemas que enfrentan las personas cuando ingresan a prisión.
La incertidumbre sobre qué ocurrirá con ellas, cuánto tiempo permanecerán privadas de libertad, cuál será su situación legal o qué pasará con sus familias puede generar preocupación, miedo y ansiedad. En los centros preventivos, además, la dinámica suele ser más cambiante debido a las entradas, salidas y nuevas sentencias.
Para quienes ya tienen una condena, explica Dedik, existe mayor claridad sobre su situación y pueden comenzar a organizar su vida dentro del sistema. Aun así, el temor a los líderes internos, a tener que pagar “talacha” o a adaptarse a las dinámicas de los centros también puede generar miedo y ansiedad profunda, situaciones que pueden relacionarse con la depresión.
En ese contexto, la atención psicológica busca acompañar distintos procesos dentro de los centros. Sin embargo, Dedik señala que uno de los principales obstáculos es la falta de personal especializado.
Según la investigadora, muchas personas no quieren trabajar en estos lugares por las amenazas, el temor y las condiciones del entorno. La falta de especialistas provoca que quienes sí trabajan deban atender a una gran cantidad de personas y que, en lugar de intervenciones individuales, se recurra con mayor frecuencia a terapias grupales.
Además, no todas las personas privadas de libertad tienen las mismas necesidades. Dedik señala que una metodología que puede funcionar para una madre con hijos no necesariamente será adecuada para una persona adulta mayor o para un integrante de una pandilla. Por eso considera importante que exista una atención diferenciada.
A esto se suma la falta de espacios adecuados para realizar terapias con privacidad, una situación que, según la investigadora, también influye en la calidad de los servicios de rehabilitación.
¿QUÉ TIPO DE APOYO RECIBEN?
Los programas de psicología para las personas privadas de libertad están a cargo de la Subdirección de Rehabilitación Social de la Dirección General del Sistema Penitenciario (DGSP). De acuerdo con información proporcionada por el Ministerio de Gobernación a La Hora mediante una solicitud de información pública, existen nueve programas especializados.
No todos buscan atender el mismo problema. Algunos se concentran en conductas agresivas y utilizan herramientas cognitivo-conductuales para ayudar a disminuirlas y controlarlas. Para junio de 2026, este programa atendía a 214 personas que habían cometido delitos violentos.
Otros buscan trabajar sobre los patrones relacionados con el género y las nuevas masculinidades. En este caso, se abordan estereotipos y creencias vinculadas con la desigualdad y está dirigido a hombres que cometieron delitos de violencia contra la mujer. Para esa fecha participaban 144 personas.
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También existen intervenciones dirigidas a personas que cometieron delitos específicos. En el caso de los agresores sexuales, se realizan intervenciones individuales orientadas a promover procesos de introspección y desarrollar habilidades de autocontrol y dominio de la conducta. En junio de 2026 participaban 40 personas.
La atención también contempla a personas que ejercieron violencia dentro de su familia. A través de “Escuela para Padres”, se trabaja con madres y padres que cometieron violencia en la relación filio-parental, con estrategias orientadas a prevenir y resolver estos conflictos. Para junio de 2026 participaban 86 personas.
En el caso de las mujeres sentenciadas por extorsión, existe el programa “Empoderamiento Personal”, que busca desarrollar habilidades personales y sociales como parte de su proceso de rehabilitación. También se trabaja la prevención de adicciones y se brindan herramientas para afrontar la drogodependencia y prevenir el consumo.
La atención, sin embargo, no se distribuye de la misma manera entre toda la población penitenciaria. La mayoría de estos programas se ofrece en centros preventivos de mujeres, donde se abordan temas como empoderamiento personal, inteligencia emocional, prevención de adicciones y manejo de la depresión.
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Para los hombres, en junio de 2026, 25 personas participaban en capacitaciones para el manejo de la ansiedad, que incluyen la identificación, disminución y manejo de sus síntomas, además de herramientas cognitivo-conductuales.
Entre los programas dirigidos a mujeres también se encuentra “Inteligencia emocional”, en el que se trabajan estrategias y herramientas personales y sociales. Para junio de 2026 participaban 120 mujeres. Otro programa aborda el afrontamiento de la depresión y busca que las participantes reconozcan indicadores depresivos y aprendan a manejarlos.
En total, y tomando en cuenta que una misma persona puede participar en más de uno de estos programas, el Ministerio de Gobernación reportó 922 hombres y mujeres dentro de los programas de psicología de la Subdirección de Rehabilitación Social para junio de 2026.
Esa cifra representaba el 4.005% de las 23 mil 017 personas privadas de libertad que, según la información proporcionada, conformaban la población penitenciaria del país en ese momento.
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Para “A”, el acompañamiento psicológico es parte de lo que le ha permitido imaginar una vida diferente. Su experiencia no elimina las dificultades de la privación de libertad, pero sí muestra cómo, dentro de un proceso de reinserción, el apoyo emocional puede traer consigo otros cambios: estudiar, aprender un oficio, mejorar la convivencia y comenzar a pensar en un futuro.
Ahora, su objetivo es distinto al que tenía cuando llegó por primera vez a un centro. Quiere estudiar y trabajar. Pero sobre todo, quiere alejarse de la vida de delincuencia que alguna vez pensó que no podría abandonar.
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